MI MAMÁ Y LAS PASTILLAS

Por Sherezada


A mi mamá, por no creer en los psicólogos, y a mi papá, por negarse rotundamente a pagarlos.




—Yo no estoy loco, mi madre me ha hecho pruebas.
(Sheldon Cooper)





Crecí en un pueblo de esos que abundan en los andes colombianos, con monte, guerrillas y soldados por todos lados, y en ese pueblo mío había un loco. Nunca necesitamos un psicólogo ni un neurólogo para que lo determinara, era el típico loco de pueblo, y este loco era mi primo.

Había una razón por la que al loco no le hacía nada la guerrilla, a pesar que deliraba acerca de verdaderas revoluciones y pronunciaba con reverencia a un tal “Che”. También había una razón por la que el ejército nunca le hacía nada a pesar que escupía cuando los veía pasar y hablaba de masacres y acciones siempre veladas. Tanta indulgencia la causaba la misma razón por la que estaba loco: había leído muchos libros.

Entonces, el loco de mi pueblo ayudaba a los niños a hacer sus tareas: a falta de biblioteca, teníamos a mi primo. Así que en esos ires y venires de la vida, los niños terminábamos escuchando locuras que hablaban de mundos fuera del capitalismo, de vidas sin sumisión al dinero y de sueños con alas más grandes que las de los cóndores.

Como estaba loco, no dejaban que los niños se quedaran mucho tiempo a escucharlo, apenas el suficiente para que obtuvieran el valioso conocimiento académico y cumplieran con sus deberes. Lo que no sabían los adultos es que los niños son locos por naturaleza, tienen esa especie de locura que se arraiga en quien aún tiene inocencia. Por eso los niños escuchaban atentos mientras copiaban los mapas o las fechas históricas. Por eso, muchos corrieron antes que la guerrilla los reclutara o se escondieron de las armas del ejército: por el loco de mi pueblo muchos sobrevivieron.

Pero yo no era como los otros niños, tenía un oficio que era la envidia de mis compañeros y el único reproche que se le podía hacer a mi abuelita: le llevaba la comida a mi primo y le hacia los mandados. Nunca supe a ciencia cierta por qué me tocaba a mí y no a mis tías, primos o a mi hermana, pero lo cierto era que mi abuelita me sonreía con malicia y me decía: “Vaya donde el loco, que la necesita.” Tampoco supe cómo, pero nunca se equivocó.

El día que encontramos a mi primo abaleado en su casa, supimos que una norma-no-escrita de la guerra colombiana se había quebrado para siempre. Después de eso, familias enteras tuvieron que salir de sus casas y parcelas para recorrer caminos inciertos más allá de los recuerdos de los abuelos.

La mía entre esas.

Llegué a la capital con el sueño del que todo lo vela y la esperanza del que no sabe nada. Mi encuentro con la ciudad fue rudo, aunque se amortiguó por el hecho de que muchos de los nuestros emigraron al mismo lugar, y que donde nos establecimos era un barrio con muchas remembranzas de pueblo: pude seguir jugando y soñando, y aún veía montañas fantásticas alrededor de mi casa.

El problema fue cuando entré al bachillerato.

Mi desfile ante psicólogos empezó en séptimo grado cuando una profesora de religión, desesperada por mis continuos cuestionamientos, me mandó a la oficina del coordinador. Él apenas me miró por encima de sus gafas y me redireccionó hacia la orientación. Ahí tuve mi primer test, en el que uno encuentra formas en manchitas de tinta.

Debo aclarar que para alguien que crece en medio de tomas guerrilleras y tiros al aire, cuentos sobre la llorona, la madre monte y el mohán, viendo posesiones diabólicas y la presencia más o menos recurrente de diferentes tipos de brujas, es apenas normal ver en manchitas de tinta sangre, murciélagos, balas, montañas, personas, jefes guerrilleros, montoncitos de sal, tijeras abiertas y limones partidos en cuatro. Lo siguiente que supe respecto del test, fue que mi mamá estaba sentada frente a la orientadora que le hablaba visiblemente preocupada por mi salud mental, mientras ella asentía con gravedad a cada afirmación. A la salida, con la tarjeta de un psicólogo reconocidísimo en la mano, mi madre se me acercó y en un susurro me confesó: “Esa vieja está loca.” (Aprovecho este artículo para ratificar mi eterno amor filial).

Mi mamá se negó a hacerme más pruebas o dar su aprobación para que el colegio hiciera un tratamiento “adecuado” a mi situación. Trascurrieron los días entre una que otra ocurrencia, y leyendo, siempre leyendo.

Al año siguiente me fui a clases en pantalón y terminé nuevamente en la orientación. Esa vez la cosa fue tan grave que mi mamá tuvo que presentarse de inmediato, la psicóloga le dio toda una explicación acerca de las nuevas opciones sexuales y mi madre, tremendamente aburrida, la interrumpió con un gesto de la mano, me miró a los ojos y con su amabilidad a flor de piel me preguntó: “¿Eres marica hija mía? A lo que respondí: “No, sólo estaba haciendo mucho frío para usar falda.” Mi mamá miró a la psicóloga que estaba anonadada por tal expresión de cariño familiar y le dijo: “Ahí lo tiene usted, esta niña está loca como una cabra.” Tras lo cual soltamos una carcajada.

Digamos que no me volvieron a llevar a orientación ni a citar a mi mamá.

Regresé a psicólogos por diferentes razones a lo largo de mi vida y los abandoné a todos por el mismo motivo: drogas psiquiátricas. En este punto es importante diferenciar la psicología de la psiquiatría: La primera tiene un origen remoto y filosófico, se ha encargado de estudiar el alma, el comportamiento humano, sus consecuencias y las reacciones. La psicología moderna, aunque en ocasiones va muy de la mano con la psiquiatría, tiene muchas ramas de estudio y aplicación que difieren tanto entre sí como en las personas que las aplican. La psiquiatría, por su parte, es una invención relativamente moderna, que va de la mano con la medicina o la psicología, y que se caracteriza por el uso de diagnósticos y medicamentos.

La psiquiatría es la gran responsable del uso y concepto de la locura en esta época. La “locura moderna” es una enfermedad que data del siglo XVIII, donde Foucault localiza el inicio de la “normalización”, es decir, del estándar social. Si bien desde siempre ha existido un eje que rige la “normalidad” dentro de las distintas sociedades, también se han permitido espacios anormales donde residen personas que son distintas pero que cumplen funciones vitales. Un ejemplo simple es el chamán: raramente el chamanismo es un oficio heredable. El chamán busca a su discípulo dentro de la tribu con algunas características especiales y lo entrena para su reemplazo. El número de chamanes es limitado y nunca constituyen la mayoría de la población. De esta manera, un chamán es una persona extraña, rara, pero necesaria, y tiene un lugar social.

La “normalización” que establece Foucault obedece a la desaparición de ese espacio social que acepta y necesita de las personas que se salen de la regla, y ello es el inicio de lo que hoy conocemos como “locura.” Si bien han existido ejemplos de locura en épocas anteriores, han sido casos aislados y poco frecuentes. Es hoy, es esta época y esta sociedad, que la locura ataca a todos.

Cuando aparece la “normalización,” supuestamente desaparece la necesidad de personas fuera de los parámetros aceptados, pero entonces hay un nicho social que queda sin nombre ni lugar, y se crea la “locura” como solución: todo aquello que se salga de la norma es clasificado como loco y tratado como tal. Esto parece bueno hasta cierto grado, el problema radica en quienes eligen qué es lo “normal” y en que el concepto se convierta en algo rígido, sin movimiento social.

El estándar social no es nuevo, lo nuevo es que no se mueva. Digamos que el estándar es como la moda, va y vuelve, se le añaden unos churquitos por aquí o unos boleros por allá y siempre está vigente, pero lo importante es que es mutable y sobre todo, adaptable a lo que requiere la sociedad. En el caso de la “normalización,” esta adaptabilidad se pierde y el estándar de lo que es normal en la sociedad queda estancado en unos ítems específicos, que si bien son amplios, no son alterables. Es como si los pantalones bota campana se hubieran puesto de moda en los setenta y algún mandatario hubiera decretado que era lo único que se podía vestir: Entonces, se puede ampliar o reducir la bota, subir o bajar el talle, cambiar los colores o materiales, pero sólo se podrían usar esos pantalones botacampana; las pantalonetas, faldas, vestidos y otros tipos de pantalones estarían fuera de la ley, y no sólo serían mal vistos sino también prohibidos.

De esta manera, un estándar social creado hace ya dos siglos todavía sigue aplicándose hoy en día, con mayores o menores desviaciones y con diferentes nombres, por supuesto. Así se diagnostica la locura dentro de la psiquiatría: un estándar de normalidad, creado socialmente y estancado, marca el comportamiento correcto de las personas. Cuando alguien se sale del estándar está loco. Simple.

El asunto no fue siempre así. No cualquiera era loco, sino que al principio de la psiquiatría sólo se trataban como locos los casos extremos, personas que decididamente estaban fuera de los comportamientos sociales regulares, los que hoy conocemos como autistas, sociópatas, esquizofrénicos, pirómanos, etc. Pero siempre en momentos extremos y de gran complejidad. Estos diagnósticos iniciales no eran fijos ni ordenados, sólo se decía que eran locos, unos más que otros. Además, no tenían una regla común, cada psiquiatra definía el diagnostico.

En esos primeros días los tratamientos eran un asunto bastante debatible, aún hoy se tienen muchos problemas con la forma como se tratan los “locos” . Al principio, la creencia de que si se torturaba el cuerpo se salvaba el espíritu (heredada de la filosofía de la Santa Inquisición) llevó a que los tratamientos fueran extenuantes y tortuosos. La norma se basaba en obligar a “regresar” a la normalidad al paciente, esto se hacía mediante torturas físicas y mentales, hechas como pruebas en tiempo real para saber qué sucedía, pues no se tenían resultados concretos. Se ataba, mutilaba, inyectaba, drogaba, asustaba y otras cosas más, mientras los doctores observaban qué sucedía y cómo se reaccionaba.

En los hospitales psiquiátricos se vendían entradas para poder ver los tratamientos como si fueran espectáculos de sadismo. En Inglaterra, la alta sociedad asistía de manera recurrente a los tratamientos, tanto que los hospitales reportaban más ganancias por este rubro que por el ingreso de pacientes. Algunos tratamientos funcionaban, pero de manera personal: Lo que curaba a uno probablemente no curaba a otro y así sucesivamente, lo que ocasionó que la gente empezara a perder la confianza en los métodos psiquiátricos, y sobre todo, que dejaran de pagar.

Además la psiquiatría no era reconocida como una ciencia, y la suma de sus métodos sin resultados, los diagnósticos poco confiables y el rápido enriquecimiento de quienes la practicaban, empezó a minar su posición. A mediados del siglo XIX la psiquiatría entró en una recesión bastante fuerte que parecía marcar el inicio de su desaparición. Para rescatarse, empezó a anudarse con la medicina y esa unión provocó que se empezaran a crear “métodos científicos” en los tratamientos y a generar premisas de la “locura.”

El diagnostico tuvo que olvidar su rango puramente intuitivo para admitir métodos más claros, y para lograr esto una de las primeras tareas de los psiquiatras fue definir cuáles eran los motivos para volverse “loco.” He aquí una de las grandes vergüenzas de la psiquiatría: aún no lo saben a ciencia cierta.

La segunda tarea fue definir en qué lugar reside la “locura.” El concepto de “mente” fue ampliamente aceptado, principalmente por dos razones: no se sabe qué es ni dónde queda. Aunque actualmente se suele ubicar la mente en relación al cerebro, antes se hablaba de la mente tal como del alma, desde un aspecto teórico, metafísico y filosófico. De esta manera, al aceptar la mente como residencia de la locura podían basarse en múltiples teorías, aun contradictorias, pero todas aceptadas.

No todos aceptaron la idea de la mente y algunos doctores, siguiendo una línea del alma y teorías más cercanas a la psicología, empezaron a anudar la locura con hechos fisiológicos y enfermedades físicas, lo cual creó toda una línea de investigación que se deriva hoy en estudios del cerebro y en la aceptación de enfermedades como el alzhéimer, la demencia senil, el autismo, entre otras.

Por otro lado, se creó una rama dedicada a relacionar la mente con el comportamiento, radicar todas nuestras acciones en un solo sitio del cuerpo y culpar a este de las consecuencias. Se crearon tendencias de enfermedades mentales “nuevas” como las de “locura temporal,” “ataques” precipitados como ataques de ira, sicóticos, de celos, etc. La teoría de enfermedades mentales temporales sumada a la idea que la mente era responsable de ciertas actitudes, creó un efecto en el cual era posible asumir un problema mental como el “culpable” de las acciones cotidianas.

La tercera tarea de la psiquiatría para lograr su estatus científico fue modificar sus tratamientos obsoletos y poco efectivos. A raíz de mucha experimentación, tanto humana como animal, se encausaron los procedimientos para hacerlos mas efectivos y agradables a la vista. Ya no se tortura a los pacientes sino que se encauzan hacia la normalidad desde la aceptación del propio conflicto. De aquí surge el famoso tipo de tratamiento de los doce pasos, donde el primero es aceptar que tienes un problema y hay que trabajar en ello. Entonces ya no se tortura como antes, o por lo menos, ahora los parientes firman un permiso.

Entonces, la enfermedad surge de la “mente,” un lugar mágico y misterioso en medio del entorno corpóreo, y luego se determina de una manera profesional un diagnóstico de “locura” centrado en el hecho de que el paciente se sale del “estándar social,” y por ultimo tenemos unos tratamientos probados por el método científico: un mismo tratamiento genera unos mismos resultados en diferentes individuos.

Hasta aquí, la psiquiatría del siglo XXI parece mucho mejor que la del XVIII, pero hay dos puntos débiles: qué “locura” se diagnostica y cómo lograr tratamientos efectivos. Para el primero, los psiquiatras tuvieron una buena ayuda de la literatura: todas las manías fueron descritas en la literatura de los libertinos y con ellas bautizaron muchas enfermedades. La esquizofrenia, si bien fue un término que uso el doctor Benedict Moreal a mediados del siglo XIX, ya estaba referenciada en varios poemas de la famosa Safo. Se ha creado una lista un poco asombrosa de enfermedades, en especial manías y síndromes mentales, que habla muy bien del nivel de lectura de los padres de psiquiatría.

Por otro lado los tratamientos efectivos se lograron tan sólo hasta mediados del siglo XX ¿Por qué? La respuesta es muy simple: esa fue la época en que la industria farmacéutica empezó a generar más medicamentos de los que la gente necesitaba, y además fue cuando se contó con el desarrollo industrial y teórico necesario para experimentar con muchos de los activos principales de las drogas psiquiátricas.

De esta manera la “locura,” que era especifica y de muy pocos, se convirtió en algo a lo que todos podemos ser propensos y que nos afecta, tal como un virus. Esta es la puerta que le dio paso a lo que hoy en día se conoce como el “marketing de la locura,” que es precisamente el tema del próximo artículo.

Creo que de alguna manera heredé el título de la loca de la familia y ahora, gracias a la tecnología, no necesitan venir a visitarme: En cambio, me llaman a las diez de la noche un día cualquiera a preguntarme sobre conquistadores, a las seis de la tarde del domingo para que ayude a hacer un listado de tipos de adjetivos y sustantivos, y una vez hasta logré explicar, vía teléfono celular, cómo balancear ecuaciones químicas. Lo interesante es que en mi familia la locura mercantilista no existe, todo se arregla con una visita a mi abuelita, una empanada y un chocolate… y si no se arregla, por lo menos se disfruta.
 
Pero no teman, no soy una loca peligrosa. :)
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El mayor de trece hermanos de una familia nómada de tuaregs, nació al norte de Mali hacia 1975. En 1999 viajó a Francia para estudiar. En su libro de 2006, “En el desierto no hay atascos”, describe su visión de la sociedad occidental. A continuación, reproduzco la entrevista que publicó el diario español La Vanguardia, un texto para reflexionar sobre el estilo de vida que nos ha impuesto la globalización cultural y económica angloamericana.

Tú tienes reloj, yo tengo tiempo

Entrevista realizada por Víctor Amela a Moussa Ag Assarid
Tomada de http://hemeroteca.lavanguardia.es/preview/2007/02/01/pagina-68/54981401/pdf.html



No sé mi edad: ¡nací en el desierto del Sahara, ¡sin papeles! Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier-1. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.
Debe de tener cerca de 30 años y llega de otro planeta, como el Principito. Cautiva la suavidad de sus gestos, la dulzura de su voz y lo que cuenta. Un día, en un bar, charló al azar con un desconocido acerca de su añorado mundo. Y resultó ser un editor... que se empeñó en publicarle ‘En el desierto no hay atascos. Un tuareg en la ciudad’ (Sirpus): hoy es todo un éxito en Francia, y Moussa es ya una celebridad mediática. Que un pastor tuareg llegue a estrella en Europa es tan improbable que Moussa lo intrepreta como un designio: lo aprovecha para defender la vida nómada y pastoril de los tuareg. El lunes pasa por Barcelona con una caravana París-Tombuctú que lleva material médico y escolar a su comunidad tuareg (véase caravaneducoeur.com), y expone fotos en la librería Baïbars.
–Qué turbante tan hermoso...! 
–Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través. 
–Es de un azul bellísimo... 
–A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados... 
–¿Cómo elaboran ese intenso azul añil? 
–Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo. 
–¿Por qué? 
–Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa. 
–¿Quiénes son los tuareg? 
–Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: señores del desierto, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
–¿Cuántos son? 
–Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... “¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!”, denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo. 
–¿A qué se dedican? 
–Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio... 
–¿De verdad tan silencioso es el desierto? 
–Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
–¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez? 
–Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él! 
–¿Sí? No parece muy estimulante... 
–Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua. 
–Saber eso es valioso, sin duda... 
–Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor! 
–Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no? 
–Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es! 
–¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa? 
–Vi correr a la gente por el aeropuerto... ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro... 
–Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja... 
–Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar. 
–Qué abundancia, qué derroche, ¿no? 
–¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso... 
–¿Tanto como eso? 
–Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí!Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo. 
–¿Qué pasó con su familia?
 –Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome... 
–¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
–De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo... 
–Y lo logró. 
–Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia. 
–¡Un tuareg en la universidad...! 
–Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele. 
–Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí? 
–Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie! 
–Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto. 
–Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde... 
–Fascinante, desde luego... 
–Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor... 
–Qué paz... 
–Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
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Si bien es cierto que en muchos lugares el agua de grifo es simplemente una sentencia de muerte también lo es la falacia de la bioseguridad en procesos industriales.
Hay muchos lugares con agua limpia o segura en sus redes de distribución, aprovechémoslos.
Aquí un excelente video sobre una acuática verdad.







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Seguridad modelo 1950

por: Marco Palacios
Revista virtual Razón Pública
Colombia Plural/Inestco




En 1950 el gobierno también chuzaba y los que chuzaban le informaban al Secretario General de la Presidencia, Misael Pastrana Borrero. Y como es usual, los resultados de las chuzadas eran más bien tragicómicos. Un artículo sobre la prehistoria del control telefónico, en los años en que el miedo a la subversión fue destruyendo la democracia. A veces la historia parece repetirse.

De decretos y de archivos quemados

En 1950 emergían los perfiles de un modelo de seguridad estatal con base en el estado de excepción creado por el bogotazo y la manipulación del miedo que siguió. En aquel año cincuenta parecían dar fruto siete decretos de corte dictatorial emitidos por el gobierno nacional el nueve de noviembre de 1949 con base en los cuales: a) se declaró turbado el orden público y en estado de sitio toda la nación; b) en el afán de limitar el control de constitucionalidad se exigieron tres cuartas partes de los votos de la Corte Suprema para declarar la inexequibilidad de las leyes, es decir, se dio poder de veto a la minoría; c) se suspendieron por tiempo indefinido las actividades del Congreso de la República, las Asambleas Departamentales y los Concejos Municipales; d) se estableció la censura de prensa y radiodifusión; e) se prohibieron las reuniones públicas; f) se designaron los censores de la prensa escrita (uno por Diario) y, g) se amplió la jurisdicción de los consejos de guerra a ciertos delitos imputables a civiles[1].

Historiar el orden público con base en documentos oficiales en el crucial período de La Violencia es imposible toda vez que a comienzos de 1967 un grupo de altos funcionarios del Ministerio de Gobierno resolvió, aparentemente motu propio, incinerar “79 sacos que contienen el archivo de los años de 1949 a 1958 con correspondencia ordinaria“. La Jefe de Archivo y Correspondencia del Ministerio solicitó “retirar dichos sacos que solo contienen un archivo muerto. En esta oficina es imposible conservarlos. No hay espacio y el aspecto que presenta la oficina es horrible y el ambiente de olor insoportable” [2].Los pocos documentos salvados de la pira dejan ver la extraordinaria importancia histórica de la documentación incinerada y, entre las tareas menores que ya no pueden acometerse está la reconstrucción de la trayectoria del formato de los reportes de la Policía al Ministro de Gobierno[3].

De la escasa documentación sobre el orden público, preservada en el Archivo General de la Nación, AGN, podemos agrupar los siguientes asuntos: a) control de teléfonos o chuzadas, como se dice ahora, dedicado principalmente al espionaje de liberales; b) comunistas y sindicatos; c) tráfico de armas de Costa Rica; d) emisoras clandestinas y e) el complot desde Venezuela. Hay, por supuesto, otros asuntos como estafas, espionaje de extranjeros y transacciones económicas entre particulares. Digamos de paso que hay en estos reportes destellos de “individuos” nefastos para la seguridad colombiana que, bien sabemos, fueron destacados líderes de la democracia latinoamericana (y amigos de Eduardo Santos) como José Figueres de Costa Rica y Rómulo Betancourt de Venezuela.

Aquí nos limitamos, sumariamente, al primero y al último de estos asuntos que arrojan alguna luz sobre el espíritu de la seguridad de esa época colombiana.

Las chuzadas

El sábado 7 de octubre de 1950 El Siglo, diario de la familia del recién posesionado presidente Laureano Gómez, publicó en primera plana una nota de titular cáustico: “Uribe Holguín felicita a Carlos Lleras. Por su espíritu de colaboración política“. Titular engañoso porque la nota se limitaba a reproducir un cruce de cartas entre el Gobernador de Cundinamarca y el jefe de la Dirección Nacional Liberal, DNL. El 27 de septiembre de 1950 Carlos Lleras Restrepo se había dirigido al gobernador quejándose de que no podía conversar por sus teléfonos (de casa y de su oficina particular) debido a “ruidos extraños al fondo o con súbitas interferencias“. Y añadió: “Me haría usted un gran favor de amistad mi querido doctor, si pudiera librarme del control y desagradable vigilancia policíaca sobre mi vida privada, o al menos que ese control se ejerza con técnica suficiente para no dañarme completamente el teléfono y pueda yo así utilizar un servicio que estoy pagando puntualmente y que tengo derecho a que se me preste en forma correcta.” El gobernador respondió que los teléfonos de su despacho en la Gobernación y el de su misma casa presentaban un problema similar y prometió a su amigo averiguar con la empresa telefónica “a ver qué pasa“[4].

Comentando la noticia, Semana mencionó un decreto del presidente Ospina por el que autorizaba al Gobernador a controlar los teléfonos en Cundinamarca.[5] He buscado en vano el mencionado decreto en la historia de las leyes de la época. Tampoco encontré la legislación que autorizara lo que los partes de la policía llamaban “control de teléfonos“[6].

En efecto, en el AGN hay 32 reportes de chuzadas que cubren prácticamente todos los días hábiles de fines de septiembre a principios de diciembre de 1950. Cada reporte puede contener cuatro o más chuzadas. Estos partes estaban firmados por el Director del Departamento de Investigación de la Policía Nacional. Primero, el Teniente Coronel Manuel Agudelo G., quien envió el 25 de Septiembre un informe al Dr. Misael Pastrana B., Secretario Privado de la Presidencia. El coronel fue reemplazado por el Dr. Enrique Vargas Orejuela quien firma todos los partes aquí citados.

El mayor número de chuzadas lo ganaron la DNL, El Tiempo, Jornada, El Liberal, la Confederación de Trabajadores de Colombia, CTC, y sindicatos importantes como el de Bavaria. En las casas, Eduardo Santos, Carlos Lleras, Gilberto Viera. Entre los más chuzados figuran, además, Roberto García Peña, Enrique Santos Castillo, Jorge Villaveces, Darío Samper, Alberto Galindo, Efraín del Valle, Julio César Turbay Ayala, Antonio Ordoñez Ceballos, Alfonso Palacio Rudas y Carlos H. Pareja.

Una breve inspección de las conversaciones de estos personajes resulta reveladora para el especialista en la historia política del período, en particular en el juego táctico de la oposición liberal, las divisiones internas (como el asunto Jornada y los gaitanistas o la discusión sobre si participar o abstenerse en las elecciones) así como las respuestas del gobierno. Pero hay otros aspectos que muestran las facetas triviales de la cotidianidad de la “democracia de caballeros” que empezaba a echarse a pique.

Así, dice un informe que “a las 7:25 pm del 23 de septiembre llama a la casa de Eduardo Santos, (ex presidente de la República, Primer Designado a la Presidencia y Director-propietario del diario El Tiempo, M.P.) un señor con ´asunto reservadísimo´ que se identifica como ´un sargento primero del ejército´.

Pasa el Dr. Santos “Haber, quién habla?”

El sargento- “Doctor Ud. Conoce al Doctor Luis Guillermo Bustamante?“

Santos - “No, no lo conozco personalmente pero sí lo he oído nombrar en la prensa“.

El Sargento - ”Bueno doctor; lo que yo le tengo que contar es un asunto muy importante y que nos interesa a todos“.

Santos - “Porque no le cuenta al Dr. Bustamante lo que sea, y que él venga acá a mi casa“.

Sargento - “Yo fuera personalmente a su casa, pero desafortunadamente no puedo porque estamos acuartelados y pedir un permiso sería peligroso pues podrían maliciar, pero para mañana voy a su casa de paisano, pues es muy urgente lo que tengo que contarle“.

Santos - “Pero para después de las seis que estoy en casa. Y tenga muchísimo cuidado con los teléfonos que están controlados, especialmente el mío“[7].

La semana anterior Santos había regresado al país[8] y pocos días después de esta llamada se produce la citada carta de Lleras a su amigo Uribe Holguín y uno presume que muchos de los chuzados pudieron estar “contra informando” y hasta divirtiéndose a costa de los detectives, como lo sugiere esta llamada del 6 de diciembre a las 2.10 pm reportada por el detective n° 559:

“Llamó una señora de la DLN (Dirección Liberal Nacional) y le contestó Mardoqueo Muñoz, a quien la señora le dice: ´Dígame cuántos muchachos hay y si almorzaron porque que les tengo un chocolatico´.

-Mardoqueo, ´llegaron nueve y faltan otros´.

- NN, ´Envíeme seis después me manda los otros y me da los datos de cuantos llegaron. Mi dirección es carrera 8ª # 20-6´“[9].

El complot de Venezuela

Colombia y Venezuela han jugado, recíprocamente, un papel de contrapartes en los juegos faccionales internos. Es bien sabido que Venezuela fue un refugio de liberales exilados en la época de La Violencia y que Betancourt fue un coco del gobierno de Ospina Pérez. De las diversas referencias a un complot contra el estado colombiano que se fraguaba en el vecino país hay una que amerita una trascripción completa por su carácter delirante y porque muestra el grado de estupidez a que pueden llegar los servicios de inteligencia cuando no cuentan con los recursos materiales adecuados y se alimentan de la retórica de los amos a los que sirven.

“Octubre 24 de 1950

Secretario Privado Presidencia de la República.

Ref: Varios asuntos sobre orden público

Por vía informativa me permito trasmitir a ese despacho la siguiente información llegada a este Departamento.

´Una mujer mona de unos 23 años, habla inglés y portugués, poco castellano, viaja de Colombia a Venezuela. Tiene una marca en la axila izquierda con el número 725. Lleva siempre una cámara fotográfica. Se dice escritora. Es enlace entre la Dirección Nacional Liberal y la oficina comunista de Venezuela. Está en Bogotá y va a El Tiempo ahora todos los días.

El doctor López Velázquez, político colombiano, está en Caracas, tiene de secretario privado un muchacho de unos 20 años, mono, gordo.

Fernando Soler Gómez, ex oficial está en Caracas, tiene certificado de buena conducta, expedido por la Policía de Bogotá. Participó en el 9 de abril con las radios clandestinas, desde la laguna de Fúquene.

Fernando Forero, Ingeniero, está en Caracas y tiene pasaporte.

José Antonio de la Rocha León puede estar todavía en los Llanos. Mal elemento.

Luis Carlos Cortés Castillo, ex teniente de la Policía del régimen liberal, tiene misión comunista.

Un coronel retirado que probablemente está en Caracas como exilado.

Emelina Velázquez de Bautista, casada con Juan, está en Caracas.

Plinio Mendoza Neira, está en conexión con los revolucionarios.

Francisco J. Chaux, está en conexión con los revolucionarios.

Todos estos están comprometidos en un complot comunista para invadir a los tres país (sic) (Colombia, Ecuador y Venezuela) con bases aéreas en los Llanos, en los campos de la compañía Shell, en La Hermosa (Caño).

En dos ciudades de Colombia hay armas y explosivos por ocho millones de dólares, como parque de reserva.

Pedro José Abella, tolimense, Jefe de las guerrillas clandestinas que han matado a la Policía, puede estar en Caracas, veterano de la guerra en España contra Franco, tiene conexiones muy estrechas con una asociación comunista.

En El Calla (sic)- Lima se venden armas para la revolución en Colombia, y las armas que tienen en el Tolima fueron traídas de allá. En el Tolima hay cerca de 4.000 fusiles, en Bogotá, en todos los barrios existe una organización armada; guardan las armas especialmente en los techos de las casas. En Bogotá hay cerca de 5.000 fusiles y 25 fusiles ametralladoras. En el Llano hay dos ametralladoras Tompson (sic).

Mateo Leal, Tesorero de Eliseo Velásquez. Posiblemente está en Bogotá.

N. Monroy viaja a Sogamoso. Usa bigote, pelo negro, una mano lisiada.

Vigilar mucho el Meta y el Cravo Sur, especialmente el lugar denominado La Hornilla, fundo, a la margen derecha bajando están los subterráneos donde albergan los cuarteles generales y donde iban a poner una radio clandestina.

Comunicar a Caracas que Arévalo Cedeño está preparando en Venezuela lo mismo que para Colombia (la invasión).

En estos días viajó a los llanos una comisión colombiana con el fin de preparar los campos clandestinos.

El secretario del gerente del Banco de Colombia pasa por conservador, y es liberal, y está en todos estos secretos.

Un Capitán de la Brigada de Institutos Militares está con los revolucionarios.

Eliseo Velásquez pasó a Venezuela a firmar un contrato de entrega de los campos de aterrizaje; esperan una invasión de 70 aviones rusos, manejados por mejicanos.”

De Ud. Atentamente,

Enrique Vargas Orejuela

Jefe del Departamento de Investigación

Policía Nacional.”[10]

Un sancocho con todos los ingredientes del mal: una monita, enlace de la DNL con “la oficina comunista de Venezuela“; unas ametralladoras Tomson (sic) traídas del Perú y miles de fusiles guardados en los techos de las casas de “todos los barrios de Bogotá”; unos cuarteles subterráneos en el Cravo Sur; un Eliseo Velásquez que “pasó a Venezuela a firmar un contrato de entrega de los campos de aterrizaje; esperan una invasión de 70 aviones rusos, manejados por mejicanos“.

Nombres rociados al azar donde figuran los respetables Francisco José Chaux y el beligerante Plinio Mendoza Neira, refugiado en Caracas, y un coterráneo boyacense un “N. Monroy que viaja a Sogamoso. Usa bigote, pelo negro, una mano lisiada.”. ¡Ah! Sogamoso, la puerta al llano, la puerta al infierno.

Todo sería una mala comedia de no mediar el lado siniestro de estas alcantarillas del poder político en trance de dictadura. La mentira que se alimenta de la mentira: el círculo de la retórica fascistoide.

Notas de pie de página

[1] Decretos extraordinarios y decretos reglamentarios de leyes expedidos por la rama ejecutiva en desarrollo del artículo 121 de la Constitución Nacional, durante del año de 1949, Bogotá, Imprenta Nacional, 1950.

El 28 de noviembre de 1949 los dirigentes del Partido Liberal, encabezados por los ex presidentes López y Santos; Carlos Lozano y Lozano, Darío Echandía y Carlos Lleras Restrepo, dirigieron una carta “de muchas firmas” al presidente Ospina Pérez protestando por esta legislación que llamaron de “golpe de estado”. Carta publicada en el folleto El golpe de estado del 9 de noviembre, (sin fecha ni pie de imprenta) copia en AGN, Ministerio de Gobierno (del Interior) Despacho del Ministro. Caja 2, Carpeta 10, Propaganda subversiva, 1950

[2] Ministerio de Gobierno Acta número 1 del Comité de Archivo y Correspondencia, Bogotá, 1967. El Dr. Mauricio Tovar del AGN me suministró amablemente copia.

[3] Por ejemplo, Comunicación del Teniente Coronel Alberto Gómez Arenas, Director General de la Policía Nacional, al Ministro de Gobierno, 4 diciembre de 1950 sobre situación de la policía en la región de Chaparral, AGN, Ministerio de Gobierno, Despacho del Ministro. Caja 2, Carpeta 9, Situaciones de orden público.

[4] El Siglo, 7 de octubre de 1950, pp. 1 y 12

[5] Semana, 14 de octubre de 1950, p.5

[6] El Decreto Extraordinario 477 de 1950 (Diario Oficial 27.255 de febrero de 1950) establece un control de comunicaciones telefónicas, pero no de chuzadas.

[7] AGN, Ministerio de Gobierno, Despacho del Ministro. Caja 2, Carpeta 9, Situaciones de orden público.

[8] Semana, 16 Septiembre 1950, p. 6

[9] Ibídem.

[10] Ibid.
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LA VIDA: MERA ILUSIÓN, FALACIA, VAPOR SIN VALOR ALGUNO

Por: Said Abdunur Pedraza


Mi mamá me llevaba muy temprano en la mañana hasta el paradero de la ruta escolar, cuando pasamos al lado de un cadáver tirado en el prado. Estaba fresquito. Contaría yo siete u ocho años, y creo que fue mi primer contacto con la muerte. A esa edad, otras personas que conozco ya habían asistido a entierros masivos de familiares y conocidos, muertos unos a manos de otros o a manos de la guerrilla, la policía o el ejército. Otros, más jóvenes, ya tendrían entre sus cercanos, caídos a manos de paramilitares o narcos.

A diferencia de quienes han sido víctimas de la violencia en este país, que han llegado a la ciudad para no ahogarse en los ríos de sangre de sus tierras, yo me cuento entre los que hemos visto la guerra por la tele. Sólo Escobar, con sus bombas en las calles de Bogotá, nos hizo ver un poco más de cerca lo que se vive de forma cotidiana en los campos colombianos.

Yo me rodeé de otro tipo de muerte. Sobredosis de antidepresivos, raticida, lanzarse de espaldas desde un quinto piso, convulsionar con cianuro en brazos de la novia, cócteles mortíferos de drogas, semanas de alcoholización sistemática y continua, dejar la dignidad y el alma entre unas sábanas hediondas a sexo pútrido… búsquedas mortales, individuales y colectivas. Cuando uno vive en un país en el que la muerte ronda impune por campos y calles dejando estelas interminables de fosas comunes por todo el territorio, y se empeña en rodearse de la búsqueda falaz de los evasores del vivir, es que uno tiene un problema serio. Sí, enterré a varias de mis amistades. Otras más andan por ahí, respirando todavía muy a su pesar. Eso me enseñó muy pronto que nadie es dueño de su vida: no importa cuánto te esfuerces en morir, nadie se muere la víspera. Por eso abandoné todo intento de suicidio, la muerte me llegará cuando sea la hora, ni antes ni después, no importa lo que haga al respecto.

Mi contacto permanente con el egoísmo sumo y la evasión que significan el suicidio, creó en mí una barrera que me ha impedido entender qué hace que la gente se aferre a la vida. He visto que la gente siempre se aferra a algo, a alguien, para darle sentido a la vida, y siempre terminan defraudados, pues los seres humanos somos imperfectos, cometemos errores, e indefectiblemente le fallamos a quienes amamos. Entonces, la gente se va llenando de temores, dolores, heridas, rencores, frustraciones… Y sin embargo, respirar se les antoja lo más valioso que pueda existir. Yo le hallo sentido a que una persona perseguida sin motivo, expulsada de su tierra por la guerra, que ha dejado atrás los cadáveres de sus seres queridos, siga deseosa de vivir a pesar de todo: De alguna forma, vivir se le ha de convertir en una obligación, alguien debe sobrevivir a la guerra para contar la historia y recordar a los caídos. Pero en la muerte permanente de los que nunca supimos qué es trabajar la tierra, que sólo conocemos la ignominia de la explotación capitalista (no importa qué tan jugoso sea el sueldo, sigue siendo explotación), no encuentro cómo establecer empatía con quienes se aferran al acto de respirar como si vivieran una vida verdadera. Por años los acompañé en sus demenciales actos autodestructivos y formé parte de ellos, mientras los observaba y analizaba. Yo era consciente de que destruía mi ser entero, y sencillamente no me importaba. Ellos, en cambio, tenían un afán de “vivir,” y parecían creer sinceramente que todo ese vicio, toda esa esclavitud, toda esa estupidez, eran “vida.” Nunca logré comprenderlos, mucho menos encajar y ser como ellos. Extranjero en tierras extrañas, me moví en muchos círculos distintos, conocí personas de toda suerte de religiones e ideologías, de diversas culturas y creencias, con visiones del mundo y de la vida muy distintas, pero todos y todas, sin remedio, terminaban exactamente igual. El vehículo variaba: drogas, alcohol, sexo, violencia, tabaco, estafa, traición, trabajo… Lo que fuera, con tal de evadir la vida, mientras se decían estar “viviendo” al máximo. “¡Esto sí es vida!,” era la frase que yo más escuchaba en boca de cualquier persona, independientemente de su sexo, etnia, nacionalidad, condición socioeconómica o nivel de escolaridad, cuando estaba en medio de sus procesos de autodestrucción. Muy rara vez conocí a personas que por su tradición cultural o su convicción filosófica, parecían romper ese molde por completo. En su mayor parte, sencillamente tenían formas más sofisticadas y menos autodestructivas de evasión, que los hacían ver como “espirituales.” Generalmente de estratos socioeconómicos altos, estos “espirituales” llevan una vida “sana” al estilo moderno, que deslumbra a muchos, excepto a los que tienen que luchar con uñas y dientes a diario para sobrevivir. Salen a abrazar árboles y creen que con una sonrisa van a cambiar al mundo. Pero el interior de sus hogares no es tan “verde” como pretenden mostrar a los demás.

Como puede verse, no soy alguien que tenga fe en la humanidad. Quizás sea en buena parte por mi afición a la historia. En efecto, los libros de historia difícilmente hablan de las comunidades que vivieron en paz por siglos y siglos. Esos grandes períodos de paz son apenas nombrados con una línea: “Entre el año (o el siglo) tales y el año (o el siglo) tales, el imperio (o la comunidad o la etnia) tales tuvo un período de paz.” Lo demás, es el registro de las guerras. Leer historia le da a uno la falsa impresión de que los seres humanos hemos estado matándonos unos a otros sin tregua desde el principio de los tiempos, y no hemos conocido otra forma de vida que esa. Cosa, por supuesto, totalmente falsa.

Pero quizás mi falta de fe en la humanidad esté simplemente en el hecho de que somos falibles, imperfectos. No importa qué tan buena, recta y ética sea una persona, siempre será susceptible de torcerse. Una catástrofe, un tesoro, una ilusión, un enamoramiento, pueden transformar por completo a un ser humano. Sólo falta oprimir el botón correcto para desatar la corrupción, la sed de venganza, el ansia de poder, el egoísmo, la ira, los celos, o cualquier otra emoción que lleve a una persona a cometer una estupidez momentánea que habrá de lamentar el resto de sus días, o a convertirse en un ser despreciable. Y no es sólo eso. Incluso aquellos que logran mantenerse rectos, pueden fallarte cuando más los necesitas, y no en una sino en muchas formas variadas y coloridas.

Dicen que la solución de todo está en el amor. Pero, ¿qué es el amor? Por milenios los poetas han cantado al amor en millones de formas y jamás ha habido acuerdo sobre qué es. En el último siglo los psicólogos han intentado lograr lo que los poetas no, y han fracasado en el intento. Los libros sobre “cómo amar,” “vivir y amar en libertad,” “consejos para el amor,” y similares, se han vendido como pan caliente en los últimos 50 años, sin embargo, la gente está cada vez más sola y vacía. Los neurocientíficos se han contentado con definir al amor en términos de impulsos eléctricos y dosis de hormonas, ¿y eso qué utilidad tiene para el desarrollo de la raza humana? ¿Acaso pensar en el amor como una serie de procesos químicos y eléctricos nos va a ayudar a encontrar la forma de vivir en paz y armonía? ¿O será que los millones de muertos dejados por los defensores del amor han servido para que el mundo sea hoy mejor que en tiempos de las cruzadas o de la conquista de América? Lo único cierto es que no puede construirse una sociedad sin normas, y eso a punta de sólo amor es imposible. Ni siquiera una familia puede construirse sólo con amor. Como reza un dicho popular: “Cuando el hambre entra por la puerta a un hogar, el amor salta por la ventana.” El amor debe acompañarse de justicia y de muchas otras cosas más para que la vida en comunidad sea posible.

No soy el primero, ni el único, ni seré el último, en decir que todo en esta vida es una mera ilusión. Pedro Calderón de la Barca lo expresó así en el siglo XVII: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción”. Y Lewis Carroll en el siglo XIX: “¿Qué es la vida sino un sueño?“ Místicos, budistas e hindúes lo han proclamado por siglos. Pensadores y filósofos Judíos y Cristianos han estado de acuerdo con ello. Los profetas lo han dicho una y otra vez. Platón aseguraba que el hombre vive en un mundo de tinieblas, como cautivo en una cueva. Y en efecto, no ha germinado en mí otra forma de ver esta vida: es una prisión en la que nos encontramos contra nuestra voluntad. Sí: contra nuestra voluntad, porque no podemos irnos de aquí cuando queramos, ni siquiera vinimos cuando y porque queríamos. ¿Alguien me preguntó si quería venir a este mundo, como muchos creen? ¡JA! Ni loco habría aceptado una propuesta tan absurda. Escupirle en la cara a quien me propusiera nacer, habría sido mi respuesta más calmada. ¿Reencarnaré después de morir, como otros muchos creen? Si la reencarnación existiera, quisiera tener en frente al maldito que lo devuelve a uno a esta podredumbre para rayarle la cara y cortarlo en trocitos, muuuuuy lentamente. Venir de nuevo a esta prisión, a enfrentar de nuevo el dolor, la traición y la frustración, a trabajar como mula bajo el yugo de unos pocos miserables a quienes ni siquiera tendré la oportunidad de golpear en el rostro, a ser testigo nuevamente de la estupidez y de la matanza, a escuchar testimonios de niños abusados, mujeres violadas, familias desplazadas de su tierra sin razón alguna, personas amenazadas de muerte por denunciar la maldad, gente mutilada o despojada por mera incompetencia o negligencia de otros, o quizás ya no para ser testigo sino víctima de todo ello, pues en esta vida me ha ido bastante bien, pero en una futura no hay garantías de nada, ¿y todo para qué? ¿Para aprender? ¿Aprender qué, si igual ni recuerdo qué aprendí en vidas pasadas? ¿Aprender para qué, si lo que conocí en esta vida no me va a ser útil en la próxima? ¿Aprender que este mundo es pasajero y que todo en él es ilusión, que no existe nada en este universo por lo que valga realmente la pena vivir o morir? No necesito diez vidas, ni dos, ni siquiera una vida completa para aprender eso: ya lo había entendido poco después de llegar a la adolescencia, ya me puedo ir entonces, gracias.

Y no me digan que lo que hay que aprender es todo lo contrario, porque eso sería una estupidez. Los personajes más grandes de la historia, los mayores líderes espirituales, las únicas personas que uno podría concebir como verdaderos modelos a seguir, han enseñado que esta vida es mera ilusión. Y sólo hay que ser un poquitico observador para darse cuenta que el ser humano no es más que una frágil polilla, atrapada en una cueva oscura, estrellándose una y otra vez contra las paredes de la cueva en medio de las tinieblas. Así lo planteó Michel de Montaigne en el siglo XVI: “El hombre es cosa pasmosamente vana, variable y ondeante.” Si estuviéramos en un ciclo de reencarnaciones, a estas alturas al menos la mitad de la humanidad ya estaría en un nivel espiritual tan elevado, que la otra mitad viviría aprendiendo aceleradamente de su ejemplo. ¡Si es que las primeras almas estarían rondando por acá desde hace más de 100.000 años! Pero como dijo el guerrero chino del siglo III a.C. Tieng Hung:

“El rocío sobre la liliácea ha desaparecido poco después del amanecer. El rocío se evaporó esta mañana, volverá de nuevo con el alba. El hombre muere y por siempre se acaba, ¿acaso alguien ha regresado alguna vez del más allá?”

Humanos. Somos capaces de grandes creaciones, de transformar nuestro entorno para mejorarlo, de amar y construir, y también de las más abyectas atrocidades, de matanzas sin sentido, de crímenes innombrables. No somos lo uno ni lo otro, somos ambas cosas. Cada uno de nosotros en su interior lleva un artista y un asesino, un defensor y un opresor, un sabio y un imbécil, un santo y un criminal, un ser dulce y otro despiadado. Y dependiendo del contexto, la historia, la vida misma, a veces se nos sale lo uno, a veces lo otro, a veces en individual, a veces en colectivo. ¿Cómo confiar plenamente en una criatura así? Quienes hoy te sirven de apoyo, mañana te entregarán a tus enemigos, o te enterrarán vivo, o simplemente te abandonarán y seguirán otro camino. Y así debe ser, no debería sorprendernos en lo absoluto, ni deberíamos esperar nada distinto.

La vida por sí misma no tiene sentido. La mayoría de las personas pasan sus vidas tratando de darles sentido, aferrándose a esto o aquello, y cuando lo que le da sentido a sus vidas se desmorona viene la autodestrucción. ¡Y cuán creativos y diversos somos para autodestruirnos!

Podemos llenarnos de motivos para vivir: luchar por la patria, por un ideal, por la familia, por conseguir un sueño, por dinero y poder, por reconocimiento y fama, por la conservación del agua, por los derechos humanos, por el retorno de los despojados a sus tierras, por el futuro de los hijos, por establecer la pederastia como una opción sexual  legítima… Muchos de los cruzados creían sinceramente que luchaban para ganarse el cielo, y con esa convicción llevaron a cabo algunas de las más grandes matanzas de la historia contra los árabes, pero sólo eran títeres de intereses económicos y políticos. Muchos gringos fueron a Irak convencidos de que defendían la libertad, y llevaron a cabo algunos de los peores crímenes de guerra de las últimas décadas, pero sólo eran marionetas al servicio de las multinacionales del petróleo. Muchos padres han dado lo mejor a sus hijos, quienes se han convertido en drogadictos, pandilleros, ladrones de cuello blanco o déspotas tiranos. ¿Vale la pena el esfuerzo? Habría sido interesante conocer la opinión de la madre de Hitler, pero murió cuando él apenas tenía 18 años.

Si uno sopesa los pros y los contras de cada paso que da, y a cada acción le antepone las preguntas “¿esto es lo correcto?, ¿podría hacerlo mejor?, ¿vale la pena?, ¿qué garantías tengo?”, la vida se hace terriblemente pesada. Y a la hora de los balances, siempre hay números rojos, a pesar de lo cuidadoso que uno sea. ¿Cuántas veces no escucha uno a la gente lamentarse porque “dio lo mejor” y el resultado fue, si no catastrófico, decepcionante? La vida puede tener muchas alegrías, pero al final, si alguien quiere sentirse satisfecho, tiene que hacer muchas concesiones consigo mismo y con el mundo.

Y eso es lo que hacemos. Al pasar los años, nos hacemos menos exigentes con nosotros y con los demás, para no sentirnos tan agobiados. Siempre terminamos huyendo, de una forma o de otra. De nuevo, recurro a Montaigne: “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco.”

Yo jamás supe qué buscaba, ni siquiera estaba seguro de buscar algo. Pero supe que lo había encontrado cuando leí:

“¿Acaso no es odiosa la vida de este mundo? Odioso lo que hay en ella, excepto el recuerdo de Dios y lo que se aproxime a ello. Y también el sabio que enseña y el alumno que aprende.”


“Sé en esta vida como si fueras un extranjero o como si estuvieras de paso.”
“Este mundo es una prisión para el creyente y un Paraíso para el no creyente.”

“Sé austero en esta vida y Dios te amará, y prescinde de lo que los hombres poseen y ellos te amarán.”

Esas frases las había pronunciado el mismo hombre que había dicho “la fe surge del conocimiento,” que aun siendo jefe de estado dormía en el suelo sobre una estera de piel curtida rellena de fibra de palmera, que teniendo la supremacía militar conquistó una ciudad sin derramamiento de sangre y respetó la vida, honra y bienes de sus habitantes (a pesar que ellos lo habían perseguido y habían intentado matarlo, y habían torturado a sus seguidores), y que logró unir a un grupúsculo de tribus bárbaras para convertirlas en un estado civilizado, que se convertiría en uno de los mayores imperios que ha visto la humanidad, apenas 70 años después de su muerte. Tal hombre llamó de inmediato mi atención, y si la historia de su vida me impactó, su mensaje cambió el curso de la mía.

Con el tiempo he llegado a preguntarme si es cierto aquello de lo que algunos viejos conocidos me han acusado: Que me he cerrado a la banda, que creí encontrar el único camino y me negué la posibilidad de contemplar otros, que me convertí en un radical. Miro atrás y analizo mi vida anterior. Siempre supe que vivía porque tratar de matarme era inútil, no porque la vida me fuera muy preciada. La mayor parte del tiempo la pasaba en depresiones profundas. Nada me motivaba. Trataba de aferrarme a la literatura, pero nunca estuve completamente seguro de para qué. En últimas, sólo era un mecanismo de evasión más sofisticado que los de la mayoría. Pero igual, caí en los de los demás. Igual mi vida terminó siendo tan esclava de los vicios y la estupidez como la de cualquier otro. Ni siquiera buscaba una religión o una filosofía, sólo buscaba la forma de vivir con algo de dignidad, sin prostituir mi alma y mi trabajo, sin destruir a otros, sin esclavizarme demasiado a las órdenes de los grandes capitales, y de ser posible, brindando algo de mí a los otros, algo que me hiciera sentir útil. Lo intenté por décadas y fracasé rotundamente.

Ahora mi perspectiva es otra. La gente siempre fallará, caerá, a veces se levantará de nuevo para volver a caer. Y entre la gente estoy yo, que he pasado más tiempo fallando y cayendo que tratando de levantarme. Pero no importa, uno acepta que así creó Dios al ser humano, y uno no hace las cosas para agradar a otros. Si la gente falla, Dios no falla, y uno actúa para agradarlo a Él. Si uno falla, la gente puede odiarlo a uno, pero Dios es capaz de perdonarlo. ¿Que este mundo es una porquería? Sí, bueno, ya lo cantaba Carlos Gardel a comienzos del siglo XX: “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también...” ¿Y qué? Si uno cumple con la ley de Dios, entonces uno vive de la manera correcta. No tiene que estar preguntándose si está obrando bien, o si vale la pena lo que está haciendo. Está bien porque Dios lo ha establecido así, vale la pena porque Dios lo recompensará. Y si uno vive así, sabe que está aportando un granito de arena para que el mundo sea mejor. Pero también sabe que no depende de uno que el mundo cambie, uno hace lo que tiene que hacer, y lo hace bien, lo demás está en manos del Creador.

Ahora tengo en el Corán un manual de instrucciones que históricamente ha probado su eficacia para construir vidas, comunidades y naciones sanas y justas. También tengo en la Sunna auténtica de Mujámmad (que la Paz y las Bendiciones de Dios sean con él) un ejemplo a seguir, que históricamente ha comprobado ser el mejor ejemplo de comportamiento humano. Mujámmad (ByP) vivió como todos los profetas, seguirlo a él es seguir a Abraham, Moisés, Jesús (la Paz de Dios sea con todos ellos). Es decir, se trata de imitar a los mejores hombres que han existido en todos los tiempos, y procurar vivir como ellos. Ahora tengo un norte, una guía, y un ejemplo. Una luz y un camino, ya no ando estrellándome contra las paredes de la cueva en medio de la oscuridad. No dependo de sacerdotes, santos, vírgenes, imames, iluminados, pastores, infalibles… Ni dependo de visiones, voces, sueños o iluminaciones que puedo interpretar a mi antojo o al antojo de autoridades religiosas, que pueden ser incluso fruto de desórdenes psiquiátricos o de una imaginación muy activa, no: para eso está la Palabra revelada. Tampoco dependo de mi propia ética y de preguntarme continuamente si esa ética es correcta o si obedece a mis prejuicios, vicios e intereses personales. Tengo comunicación directa con Dios; conociendo Su palabra y el ejemplo de Su mensajero (ByP), sé qué quiere Él de mí, y para qué estoy en este mundo. Sé cómo debo comportarme y cuáles son mis principales responsabilidades. En el Islam está reunido todo el conocimiento y las pautas necesarios para construirme como persona, para construir una familia, para construir una comunidad, una nación.

Este es un mundo ilusorio, en el que lo único real es Dios. Un mundo pasajero, al que vine porque Dios así lo quiso (yo no respetaría a alguien que me lo hubiera preguntado, como un soldado no respetaría a un general que le preguntara sobre la estrategia de la batalla y qué posición desearía ocupar en ella), y al que gracias a Dios no tendré que volver una vez me haya ido. Un mundo que sólo es una preparación y una prueba para la vida real, una vida en la que si Dios quiere, podré ver el Jardín y conocer al fin la libertad.

¿Y qué si apostatara y dejara de ser Musulmán? Bueno, ¿qué pueden ofrecerme a cambio? No me tentó el dinero, ni el poder, ni la fama, cuando vivía en total oscuridad. ¿Mujeres? Mis cicatrices físicas y espirituales responden a esa pregunta. Nada en este mundo me motiva, nada me llama la atención, no hay nada que yo considere que vale lo suficiente como para dejar la comodidad de mi cama y la delicia del sueño. Ni siquiera los hijos, pues lo único bueno y decente que puede uno hacer por ellos es prepararlos para que se vayan y hagan su propia vida, sin esperar que volteen a dar las gracias. Uno muere y nada se lleva, decían los abuelos, entonces ¿para qué luchar? Y si el asunto de la vida no está en lo material, ¿qué es lo espiritual? ¿Misticismo, quizás? Eso se parece demasiado a las drogas. Y las drogas nunca llamaron mi atención. Además, al menos si uno consume drogas, sabe que el efecto es inmediato, y sabe cuánto dura. Con el misticismo nunca se sabe. Hay que ir cada domingo a ver si pasa un milagro, a ver si uno siente el “toque del espíritu,” pero no hay garantías. A veces sí, a veces no… A veces es un buen viaje, a veces no tanto. Compartí con muchos de los “tocados” jornadas de autodestrucción muy fuertes. No, jamás pudieron convencerme de que el hecho de ser “tocados” cada fin de semana los hiciera diferentes a mí. Tampoco me atrajo el ascetismo, pues a fin de cuentas, no tiene sentido alguno que Dios nos hubiera dado este cuerpo sólo para que lo hiciéramos a un lado y negáramos nuestras necesidades, entre ellas la necesidad de contacto, de comunicación, de comunión con los demás.

Entonces, ¿qué pasaría si dejara de ser Musulmán? No podría volver a lo mismo de antes. Antes sabía que ahí no había nada que sirviera, pero creía que no había opción alguna. Ahora que sé que hay alternativa, no podría volver a lo mismo. Tampoco podría adherir a alguna filosofía, religión o grupo político, después de todo lo que conocí al respecto. Antes no lograron captarme, ahora mucho menos. No me haría asceta ni monje, y francamente dedicarse a amasar una fortuna o convertirse en asesino serial es demasiada energía invertida en banalidades sin sentido, y no estoy tan mal de la cabeza, por fortuna.

No, nada hay para mí fuera del Islam, excepto dejarme morir en una cama mientras miro impávido al techo durante semanas. En el Islam hay luz, conocimiento, sabiduría, personas que no necesitan decirme nada para convencerme de nada, sólo comparten conmigo y en ese compartir está todo, en esos momentos que pasamos juntos puedo sentir, ver, oler lo que es la vida: un paso que si se sabe dar, conduce a algo mucho mejor, y ellos son prueba viviente de que ese paso sí se puede dar de la forma correcta, como Dios manda. Ahora que soy Musulmán, por primera vez en mi vida no estoy rodeado de zombies: estoy rodeado de gente viva, que no está aferrada a esta vida, sino que vive bien como preparación para la vida eterna. Y aprendo cada día de ellos. Pero no dependo de ellos, dependo de Dios, me debo sólo a Él. Aun si ellos se corrompieran, ya me mostraron que sí es posible, y la guía sigue ahí, a mi alcance.

Vivir vale la pena, porque se vive para agradar a Dios a través de una vida recta, y una vida recta implica ayudar a otros sin esperar que lo agradezcan (Dios es quien reconoce las buenas obras), cuidar el medio ambiente no por ser “ecologista” sino porque Dios puso la creación para que la administremos correctamente, tratar bien a los animales, trabajar honestamente, formar una familia que adore a Dios, tener hijos a los que se les pueda enseñar a vivir de la forma correcta para que sean artífices de una sociedad justa en el futuro (y no unos tontos vacíos que se cortan las venas cada semana). Y si uno hace las cosas bien, y al final algo sale mal, uno está tranquilo, pues hizo lo que debía hacer de la forma correcta. Vivir de acuerdo a la ley divina tiene sentido, y tiene recompensas en este mundo y en la otra vida. Fuera de eso, nada tiene sentido.

Así que pueden llamarme radical. Si tienen otro camino, sean felices en él, síganlo con toda convicción, pero ni por casualidad traten de mostrármelo como una opción, ni siquiera pretendan que yo acepte que es un camino válido. Pasé demasiados años en demasiados caminos, y hoy no hay nadie que me plantee algo distinto a todo eso por lo que pasé, y que sólo cuenta en mi memoria como años tirados a la basura. Ser Musulmán no me libra del dolor, la injusticia y el mal, pero me da un norte, me hace mejor persona, y me prepara para lo que ha de venir. Me da una disciplina, una moral, un completo sistema socio-económico-político-religioso independiente del comunismo, el feudalismo, el capitalismo y cualquier otro sistema creado por el hombre (todos ellos históricamente fallidos), unos rituales (tan necesarios para la vida cotidiana), una visión del mundo, una forma de pensar, una razón de vida, unas normas básicas (fundamentales para la convivencia en familia y en comunidad), me enseña hasta la forma correcta de comer y de dormir de manera que incluso esos actos tan sencillos se conviertan en actos de adoración a Dios y me beneficien tanto en lo físico como en lo espiritual.

Si logro ser un verdadero Musulmán (es decir, una persona completamente obediente y sumisa a la ley y a la voluntad de Dios), será sólo por misericordia del Clemente, porque por mí mismo jamás habría logrado ni siquiera llegar hasta donde he llegado (y estoy muy lejos de vivir de lleno el Islam). Y si no, al menos habré logrado hacer algo que sí vale la pena: esforzarme en cumplir con lo que Dios manda. Aparte de eso, no existe nada en el universo entero que tenga valor para mí. Gracias, pero no, gracias, no voy a dejar de ser Musulmán.

“Toda alma probará la muerte, y recibiréis vuestra completa recompensa el Día de la Resurrección. Quien sea salvado del Fuego e ingresado al Paraíso habrá triunfado. La vida mundanal no es más que un placer ilusorio” (Corán 3:185).
Sabed que la vida mundanal es juego, diversión, encanto, ostentación y rivalidad en riqueza e hijos. Se semeja a una lluvia cuyas plantas que hace brotar alegran a los sembradores, pero luego se secan y las ves amarillentas; y finalmente se convierten en heno. En la otra vida recibirán un castigo severo o el perdón de Allah y su complacencia. La vida mundanal no es más que un disfrute ilusorio” (Corán 57:20).

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Carta a un joven escritor (II)

Arturo Peréz-Reverte

(Tomado de: http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/550/carta-a-un-joven-escritor-ii/)

Hablábamos el otro día de maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas tiene excusa para ignorar. Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa- y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.
Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 450 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio. Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.
La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía. Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo. Un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Escribe eso en la dedicatoria cuando me firmes un libro tú a mí.
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Carta a un joven escritor 

Arturo Pérez-Reverte 

(Tomado de:http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/549/carta-a-un-joven-escritor-i/)




Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.
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