Relatos de un creyente.
Las marcas de la fe.
Por Sherezade
Ayer Bilal me despertó para el fayer. Como siempre, su voz resonó por toda la ciudad, fuerte, vigorosa, poderosa, anunciando que es mejor la oración que el sueño; a mí me resultó fastidiosa, mientras me cubría hasta la oreja esperaba impaciente que terminara de vibrar para volver a dormir, como otras veces.
Cuando abrí los ojos de nuevo, el sol me anunció que faltaba poco para el dujur, me fui a la mezquita temprano, repuse la otra oración y esperé. Bilal entró luego del Profeta, como su sombra, su cabello plateado contrastaba con el negro rostro sin arrugas; detrás de ellos, un pequeño remolino nos trajo frescura.
Rezaron juntos, con muchos otros. Mientras el Profeta se sentaba a hablar con sus compañeros, Bilal caminó hacia el minarete; cuando pasó a mi lado el perfume de sus pasos me embriagó. Con cuidado, el antiguo esclavo subió uno a uno los escalones, ya en lo alto su voz potente se encontró con las palmeras, haciendo a los dátiles enrojecer y a la arena volar.
Cuando pasó de regresó caminé tras él, el ikama resonó y me ubiqué detrás de Bilal, el Profeta empezó la oración, en silencio no pude concentrarme en recitar, todavía estaba adormilado, tal vez hubiera hecho mejor la ablución, tal vez hubiera rezado suna antes, tal vez hubiera sido mejor rezar el fayer…
Para evitar el sueño miré al frente, a la espalda de Bilal, llevaba apenas una tela cubriéndolo y alcancé a ver un cardenal que le terminaba en un brazo, en el cuello su piel se arrugaba en donde un viejo collar la había cortado, el rukú me hizo mirar de nuevo al piso al igual que el suyud, pero cuando me senté pude ver que la piel de los tobillos era más clara que la del resto del cuerpo, se había regenerado después de las quemaduras.
Había escuchado que en La Meca lo habían torturado, que le habían puesto escudos de metal al rojo vivo sobre su pecho, que lo habían arrastrado por las calles de la ciudad mientras todos se burlaban y lo escupían, que lo habían azotado hasta el desmayo; escuché que Abu Baker lo compró para salvarlo y que desde que se había curado, siempre estaba al servicio del Profeta.
Pero siempre pensé que las historias sobre él eran un poco exageradas; de nuevo nos pusimos de pie, el sueño atacó. Seguí la línea del cardenal del brazo de Bilal más adentro, a su espalda, supe con certeza que era un viejo latigazo, me entristecí, él era un hombre dulce y piadoso, de los mejores entre nosotros. En el rukú me lo imaginé caminando solo, por las calles de la ciudad, temprano en la mañana, antes que todos se despertaran, con el único propósito de llamarnos a la oración; en el suyud pensé en todas las veces que desprecié su voz despertándome y sentí ganas de llorar.
En el último raká no pude contener las lágrimas y para cuando hice el taslim final, me hice una promesa: no volver a despreciar al almuédano que tanto se esforzaba en hacerme ganar bendiciones. 


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