EL MILAGRO DE LOS LIBROS

La biblioteca de mi pueblo es un lugar estratégico y, por fortuna para mi país, es literal.


Está ubicada en la calle del batallón de policía, en una esquina elevada que le provee una posición privilegiada a quien quiera controlar el pueblo. Por eso, siempre era el primer lugar invadido por la guerrilla durante las tomas.

Las tomas a los pueblos no son como las personas las imaginan. Sí, hay tiros, sí, estalla una que otra bomba, pero la mayoría del tiempo se pasa en esperar que los guerrilleros vuelen la pared del Banco Agrario, roben la bóveda y se vayan.

Tampoco crean que los pobres policías son muy activos. No sería muy sincero decir que su mayor preocupación es la seguridad de la ciudadanía, más bien, se guardan en su cuartel y se aseguran de no hacer muchos tiros, no sea que sobrepasen la cuota mensual y les descuenten las balas de más en el bono de navidad.

Entonces, entre los tiros que apuntan a nubes descarriadas, siempre hay tiempo para una empanada con chocolate, y hasta una natilla, y si la cosa pinta muy larga, nos apuntamos un tamal.

Los cuentos dicen que en uno de esos turnos muertos, mientras sus compañeros de lucha estaban en la terraza creando rapsodias de respuesta a las sinfonías de los policías, a una de las compañeras comandantes en jefe de la columna más importante de la cúpula guerrillera, por puro aburrimiento, le dio por pasear en la biblioteca, y por ese mismo sentimiento agarró un libro. “Así habló Zaratustra”, como no pudo leer el nombre del autor lo arrojó lejos.

Caminando despacio se encontró con “Como agua para chocolate”, lo empezó con la intención de encontrar una buena receta para sus ratos de ocio en el campamento, que no por guerrillera tenía que ser menos mujer, pero cuando se topó con el amor romántico y las imágenes de las mujeres sumisas evocando pasiones en los tejidos nocturnos, también lo abandonó. Esos no eran temas para una revolucionaria.

Dicen que la tercera es la vencida.

Dicen mal.

En tercer lugar agarró “El Capital”, pero apenas leyó el titulo con rabia le arrancó cuantas hojas pudo, lo tiro al suelo, lo pisoteó con sus gruesas botas que conocían el sabor de las selvas y la sierra, luego lo descuadernó con una saña más propia de un paramilitar que de una guerrillera, y por ultimo arrojó sus restos a la caldera en llamas, dejando en claro que ella era una furibunda anticapitalista.

Segura de que la lectura era para oligarcas del estado, en el momento final decidió darle un pequeño chance a un último libro. Como antes, escogió uno al azar en medio del riguroso orden alfanumérico que le gustaba mantener al bibliotecario, cogió una selección de crónicas en donde se leían muchos nombres de autores: un tal Salcedo, Fals algo, alguien Calle, no se quien Molano y otros.

Ese libro la trasportó a una nación desconocida para ella, un lugar donde las personas, a pesar de todo lo vivido, hacían de su país un mejor lugar para vivir. En medio de historias que parecían relatadas por Sherezade y no por cronistas; se olvidó de su fusil y sus granadas.

Para ella, en ese momento de iluminación literaria, el ruido de la guerra se disolvió entre silabas, la rebelión encontró más propósitos que los pintados en el manualito avergonzado que asomaba en los bolsillos de su camuflado, la revolución descubrió significado fuera del diccionario de la Real Academia.

Desde ese primer día, durante años, dejó de disparar para leer, empezó a añorar las tomas y a robar pequeños libros que compartía en el campamento. El bibliotecario notó el hurto, tan solo rezó para que el ladrón no los estuviera usando como papel higiénico y mantuvo silencio.



Así fue como aprendió que existe un mundo mucho más grande que el monte que ilumina la luna llena, más largo que los pastos llaneros, más hermoso que una metáfora bien lograda. Entonces, tomó la decisión.

Fue ella quien empezó el proceso de los diálogos de paz, que desde Cuba, nos brindan un rayito de esperanza a nosotros, los que estamos fuera de los camuflados pero dentro de la guerra.