MI MAMÁ Y LAS PASTILLAS

Por Sherezada


A mi mamá, por no creer en los psicólogos, y a mi papá, por negarse rotundamente a pagarlos.




—Yo no estoy loco, mi madre me ha hecho pruebas.
(Sheldon Cooper)





Crecí en un pueblo de esos que abundan en los andes colombianos, con monte, guerrillas y soldados por todos lados, y en ese pueblo mío había un loco. Nunca necesitamos un psicólogo ni un neurólogo para que lo determinara, era el típico loco de pueblo, y este loco era mi primo.

Había una razón por la que al loco no le hacía nada la guerrilla, a pesar que deliraba acerca de verdaderas revoluciones y pronunciaba con reverencia a un tal “Che”. También había una razón por la que el ejército nunca le hacía nada a pesar que escupía cuando los veía pasar y hablaba de masacres y acciones siempre veladas. Tanta indulgencia la causaba la misma razón por la que estaba loco: había leído muchos libros.

Entonces, el loco de mi pueblo ayudaba a los niños a hacer sus tareas: a falta de biblioteca, teníamos a mi primo. Así que en esos ires y venires de la vida, los niños terminábamos escuchando locuras que hablaban de mundos fuera del capitalismo, de vidas sin sumisión al dinero y de sueños con alas más grandes que las de los cóndores.

Como estaba loco, no dejaban que los niños se quedaran mucho tiempo a escucharlo, apenas el suficiente para que obtuvieran el valioso conocimiento académico y cumplieran con sus deberes. Lo que no sabían los adultos es que los niños son locos por naturaleza, tienen esa especie de locura que se arraiga en quien aún tiene inocencia. Por eso los niños escuchaban atentos mientras copiaban los mapas o las fechas históricas. Por eso, muchos corrieron antes que la guerrilla los reclutara o se escondieron de las armas del ejército: por el loco de mi pueblo muchos sobrevivieron.

Pero yo no era como los otros niños, tenía un oficio que era la envidia de mis compañeros y el único reproche que se le podía hacer a mi abuelita: le llevaba la comida a mi primo y le hacia los mandados. Nunca supe a ciencia cierta por qué me tocaba a mí y no a mis tías, primos o a mi hermana, pero lo cierto era que mi abuelita me sonreía con malicia y me decía: “Vaya donde el loco, que la necesita.” Tampoco supe cómo, pero nunca se equivocó.

El día que encontramos a mi primo abaleado en su casa, supimos que una norma-no-escrita de la guerra colombiana se había quebrado para siempre. Después de eso, familias enteras tuvieron que salir de sus casas y parcelas para recorrer caminos inciertos más allá de los recuerdos de los abuelos.

La mía entre esas.

Llegué a la capital con el sueño del que todo lo vela y la esperanza del que no sabe nada. Mi encuentro con la ciudad fue rudo, aunque se amortiguó por el hecho de que muchos de los nuestros emigraron al mismo lugar, y que donde nos establecimos era un barrio con muchas remembranzas de pueblo: pude seguir jugando y soñando, y aún veía montañas fantásticas alrededor de mi casa.

El problema fue cuando entré al bachillerato.

Mi desfile ante psicólogos empezó en séptimo grado cuando una profesora de religión, desesperada por mis continuos cuestionamientos, me mandó a la oficina del coordinador. Él apenas me miró por encima de sus gafas y me redireccionó hacia la orientación. Ahí tuve mi primer test, en el que uno encuentra formas en manchitas de tinta.

Debo aclarar que para alguien que crece en medio de tomas guerrilleras y tiros al aire, cuentos sobre la llorona, la madre monte y el mohán, viendo posesiones diabólicas y la presencia más o menos recurrente de diferentes tipos de brujas, es apenas normal ver en manchitas de tinta sangre, murciélagos, balas, montañas, personas, jefes guerrilleros, montoncitos de sal, tijeras abiertas y limones partidos en cuatro. Lo siguiente que supe respecto del test, fue que mi mamá estaba sentada frente a la orientadora que le hablaba visiblemente preocupada por mi salud mental, mientras ella asentía con gravedad a cada afirmación. A la salida, con la tarjeta de un psicólogo reconocidísimo en la mano, mi madre se me acercó y en un susurro me confesó: “Esa vieja está loca.” (Aprovecho este artículo para ratificar mi eterno amor filial).

Mi mamá se negó a hacerme más pruebas o dar su aprobación para que el colegio hiciera un tratamiento “adecuado” a mi situación. Trascurrieron los días entre una que otra ocurrencia, y leyendo, siempre leyendo.

Al año siguiente me fui a clases en pantalón y terminé nuevamente en la orientación. Esa vez la cosa fue tan grave que mi mamá tuvo que presentarse de inmediato, la psicóloga le dio toda una explicación acerca de las nuevas opciones sexuales y mi madre, tremendamente aburrida, la interrumpió con un gesto de la mano, me miró a los ojos y con su amabilidad a flor de piel me preguntó: “¿Eres marica hija mía? A lo que respondí: “No, sólo estaba haciendo mucho frío para usar falda.” Mi mamá miró a la psicóloga que estaba anonadada por tal expresión de cariño familiar y le dijo: “Ahí lo tiene usted, esta niña está loca como una cabra.” Tras lo cual soltamos una carcajada.

Digamos que no me volvieron a llevar a orientación ni a citar a mi mamá.

Regresé a psicólogos por diferentes razones a lo largo de mi vida y los abandoné a todos por el mismo motivo: drogas psiquiátricas. En este punto es importante diferenciar la psicología de la psiquiatría: La primera tiene un origen remoto y filosófico, se ha encargado de estudiar el alma, el comportamiento humano, sus consecuencias y las reacciones. La psicología moderna, aunque en ocasiones va muy de la mano con la psiquiatría, tiene muchas ramas de estudio y aplicación que difieren tanto entre sí como en las personas que las aplican. La psiquiatría, por su parte, es una invención relativamente moderna, que va de la mano con la medicina o la psicología, y que se caracteriza por el uso de diagnósticos y medicamentos.

La psiquiatría es la gran responsable del uso y concepto de la locura en esta época. La “locura moderna” es una enfermedad que data del siglo XVIII, donde Foucault localiza el inicio de la “normalización”, es decir, del estándar social. Si bien desde siempre ha existido un eje que rige la “normalidad” dentro de las distintas sociedades, también se han permitido espacios anormales donde residen personas que son distintas pero que cumplen funciones vitales. Un ejemplo simple es el chamán: raramente el chamanismo es un oficio heredable. El chamán busca a su discípulo dentro de la tribu con algunas características especiales y lo entrena para su reemplazo. El número de chamanes es limitado y nunca constituyen la mayoría de la población. De esta manera, un chamán es una persona extraña, rara, pero necesaria, y tiene un lugar social.

La “normalización” que establece Foucault obedece a la desaparición de ese espacio social que acepta y necesita de las personas que se salen de la regla, y ello es el inicio de lo que hoy conocemos como “locura.” Si bien han existido ejemplos de locura en épocas anteriores, han sido casos aislados y poco frecuentes. Es hoy, es esta época y esta sociedad, que la locura ataca a todos.

Cuando aparece la “normalización,” supuestamente desaparece la necesidad de personas fuera de los parámetros aceptados, pero entonces hay un nicho social que queda sin nombre ni lugar, y se crea la “locura” como solución: todo aquello que se salga de la norma es clasificado como loco y tratado como tal. Esto parece bueno hasta cierto grado, el problema radica en quienes eligen qué es lo “normal” y en que el concepto se convierta en algo rígido, sin movimiento social.

El estándar social no es nuevo, lo nuevo es que no se mueva. Digamos que el estándar es como la moda, va y vuelve, se le añaden unos churquitos por aquí o unos boleros por allá y siempre está vigente, pero lo importante es que es mutable y sobre todo, adaptable a lo que requiere la sociedad. En el caso de la “normalización,” esta adaptabilidad se pierde y el estándar de lo que es normal en la sociedad queda estancado en unos ítems específicos, que si bien son amplios, no son alterables. Es como si los pantalones bota campana se hubieran puesto de moda en los setenta y algún mandatario hubiera decretado que era lo único que se podía vestir: Entonces, se puede ampliar o reducir la bota, subir o bajar el talle, cambiar los colores o materiales, pero sólo se podrían usar esos pantalones botacampana; las pantalonetas, faldas, vestidos y otros tipos de pantalones estarían fuera de la ley, y no sólo serían mal vistos sino también prohibidos.

De esta manera, un estándar social creado hace ya dos siglos todavía sigue aplicándose hoy en día, con mayores o menores desviaciones y con diferentes nombres, por supuesto. Así se diagnostica la locura dentro de la psiquiatría: un estándar de normalidad, creado socialmente y estancado, marca el comportamiento correcto de las personas. Cuando alguien se sale del estándar está loco. Simple.

El asunto no fue siempre así. No cualquiera era loco, sino que al principio de la psiquiatría sólo se trataban como locos los casos extremos, personas que decididamente estaban fuera de los comportamientos sociales regulares, los que hoy conocemos como autistas, sociópatas, esquizofrénicos, pirómanos, etc. Pero siempre en momentos extremos y de gran complejidad. Estos diagnósticos iniciales no eran fijos ni ordenados, sólo se decía que eran locos, unos más que otros. Además, no tenían una regla común, cada psiquiatra definía el diagnostico.

En esos primeros días los tratamientos eran un asunto bastante debatible, aún hoy se tienen muchos problemas con la forma como se tratan los “locos” . Al principio, la creencia de que si se torturaba el cuerpo se salvaba el espíritu (heredada de la filosofía de la Santa Inquisición) llevó a que los tratamientos fueran extenuantes y tortuosos. La norma se basaba en obligar a “regresar” a la normalidad al paciente, esto se hacía mediante torturas físicas y mentales, hechas como pruebas en tiempo real para saber qué sucedía, pues no se tenían resultados concretos. Se ataba, mutilaba, inyectaba, drogaba, asustaba y otras cosas más, mientras los doctores observaban qué sucedía y cómo se reaccionaba.

En los hospitales psiquiátricos se vendían entradas para poder ver los tratamientos como si fueran espectáculos de sadismo. En Inglaterra, la alta sociedad asistía de manera recurrente a los tratamientos, tanto que los hospitales reportaban más ganancias por este rubro que por el ingreso de pacientes. Algunos tratamientos funcionaban, pero de manera personal: Lo que curaba a uno probablemente no curaba a otro y así sucesivamente, lo que ocasionó que la gente empezara a perder la confianza en los métodos psiquiátricos, y sobre todo, que dejaran de pagar.

Además la psiquiatría no era reconocida como una ciencia, y la suma de sus métodos sin resultados, los diagnósticos poco confiables y el rápido enriquecimiento de quienes la practicaban, empezó a minar su posición. A mediados del siglo XIX la psiquiatría entró en una recesión bastante fuerte que parecía marcar el inicio de su desaparición. Para rescatarse, empezó a anudarse con la medicina y esa unión provocó que se empezaran a crear “métodos científicos” en los tratamientos y a generar premisas de la “locura.”

El diagnostico tuvo que olvidar su rango puramente intuitivo para admitir métodos más claros, y para lograr esto una de las primeras tareas de los psiquiatras fue definir cuáles eran los motivos para volverse “loco.” He aquí una de las grandes vergüenzas de la psiquiatría: aún no lo saben a ciencia cierta.

La segunda tarea fue definir en qué lugar reside la “locura.” El concepto de “mente” fue ampliamente aceptado, principalmente por dos razones: no se sabe qué es ni dónde queda. Aunque actualmente se suele ubicar la mente en relación al cerebro, antes se hablaba de la mente tal como del alma, desde un aspecto teórico, metafísico y filosófico. De esta manera, al aceptar la mente como residencia de la locura podían basarse en múltiples teorías, aun contradictorias, pero todas aceptadas.

No todos aceptaron la idea de la mente y algunos doctores, siguiendo una línea del alma y teorías más cercanas a la psicología, empezaron a anudar la locura con hechos fisiológicos y enfermedades físicas, lo cual creó toda una línea de investigación que se deriva hoy en estudios del cerebro y en la aceptación de enfermedades como el alzhéimer, la demencia senil, el autismo, entre otras.

Por otro lado, se creó una rama dedicada a relacionar la mente con el comportamiento, radicar todas nuestras acciones en un solo sitio del cuerpo y culpar a este de las consecuencias. Se crearon tendencias de enfermedades mentales “nuevas” como las de “locura temporal,” “ataques” precipitados como ataques de ira, sicóticos, de celos, etc. La teoría de enfermedades mentales temporales sumada a la idea que la mente era responsable de ciertas actitudes, creó un efecto en el cual era posible asumir un problema mental como el “culpable” de las acciones cotidianas.

La tercera tarea de la psiquiatría para lograr su estatus científico fue modificar sus tratamientos obsoletos y poco efectivos. A raíz de mucha experimentación, tanto humana como animal, se encausaron los procedimientos para hacerlos mas efectivos y agradables a la vista. Ya no se tortura a los pacientes sino que se encauzan hacia la normalidad desde la aceptación del propio conflicto. De aquí surge el famoso tipo de tratamiento de los doce pasos, donde el primero es aceptar que tienes un problema y hay que trabajar en ello. Entonces ya no se tortura como antes, o por lo menos, ahora los parientes firman un permiso.

Entonces, la enfermedad surge de la “mente,” un lugar mágico y misterioso en medio del entorno corpóreo, y luego se determina de una manera profesional un diagnóstico de “locura” centrado en el hecho de que el paciente se sale del “estándar social,” y por ultimo tenemos unos tratamientos probados por el método científico: un mismo tratamiento genera unos mismos resultados en diferentes individuos.

Hasta aquí, la psiquiatría del siglo XXI parece mucho mejor que la del XVIII, pero hay dos puntos débiles: qué “locura” se diagnostica y cómo lograr tratamientos efectivos. Para el primero, los psiquiatras tuvieron una buena ayuda de la literatura: todas las manías fueron descritas en la literatura de los libertinos y con ellas bautizaron muchas enfermedades. La esquizofrenia, si bien fue un término que uso el doctor Benedict Moreal a mediados del siglo XIX, ya estaba referenciada en varios poemas de la famosa Safo. Se ha creado una lista un poco asombrosa de enfermedades, en especial manías y síndromes mentales, que habla muy bien del nivel de lectura de los padres de psiquiatría.

Por otro lado los tratamientos efectivos se lograron tan sólo hasta mediados del siglo XX ¿Por qué? La respuesta es muy simple: esa fue la época en que la industria farmacéutica empezó a generar más medicamentos de los que la gente necesitaba, y además fue cuando se contó con el desarrollo industrial y teórico necesario para experimentar con muchos de los activos principales de las drogas psiquiátricas.

De esta manera la “locura,” que era especifica y de muy pocos, se convirtió en algo a lo que todos podemos ser propensos y que nos afecta, tal como un virus. Esta es la puerta que le dio paso a lo que hoy en día se conoce como el “marketing de la locura,” que es precisamente el tema del próximo artículo.

Creo que de alguna manera heredé el título de la loca de la familia y ahora, gracias a la tecnología, no necesitan venir a visitarme: En cambio, me llaman a las diez de la noche un día cualquiera a preguntarme sobre conquistadores, a las seis de la tarde del domingo para que ayude a hacer un listado de tipos de adjetivos y sustantivos, y una vez hasta logré explicar, vía teléfono celular, cómo balancear ecuaciones químicas. Lo interesante es que en mi familia la locura mercantilista no existe, todo se arregla con una visita a mi abuelita, una empanada y un chocolate… y si no se arregla, por lo menos se disfruta.
 
Pero no teman, no soy una loca peligrosa. :)

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