¡NO PUEDES COMPRAR MI VIDA!

Tú no puedes comprar el viento, tú no puedes comprar el sol,
Tú no puedes comprar la lluvia, tú no puedes comprar el calor,
Tú no puedes comprar las nubes, tú no puedes comprar los colores,
Tú no puedes comprar mi alegría, tú no puedes comprar mis dolores.

Ayer una noticia funesta llenó de sonrisas los rostros de los presentadores de noticias: la aprobación del TLC en el congreso estadounidense. Con un nudo en la garganta por la rabia y la tristeza, vi las declaraciones de la desgracia de presidente que tenemos (Juan Manuel Santos)  celebrando la perdida de los derechos sobre nuestros recursos naturales, balbuceando necedades sobre el progreso y el bienestar del país, discursos que a nivel internacional los países del primer mundo abandonaron una década atrás porque se dieron cuenta de las incoherencias de sus planteamientos.


Siete años. Las luchas y las marchas lograron retrasar la aprobación del TLC siete años y ponerlo al borde del abismo un par de veces en el congreso gringo, pero como siempre, nos faltó el centavo para el peso. Al final triunfaron los intereses de una clase simple y estúpida que se vende por un puñado sin aspirar si quiera a una riqueza verdadera, triunfaron los amigos y la palmadita en la espalda. Es un golpe duro para las luchas de los pueblos latinoamericanos, para todos los colombianos, los que no somos de derecha ni de izquierda sino los que somos de abajo.
Es un golpe duro pero no es el final.
Hoy me preguntó una estudiante que iba a pasar con el país de aquí en adelante, el panorama no es difícil de imaginar: políticas de empleo esclavizantes, seguridad pública para empresas extranjeras (que básicamente se traduce en más grupos paramilitares), mas desplazados, mas indígenas y dirigentes sociales muertos, más educación mediocre y cara, mas abuso en la explotación de los recursos naturales, mas vejámenes a la Madre. Más y más de lo mismo.
Y mientras tanto ¿Qué podemos hacer nosotros? Yo solo tengo unas propuestas: primero, seguirle apostando a la lucha popular, a la que no necesita fusiles porque está cargada de argumentos, a las protestas estudiantiles que han logrado detener muchos proyectos (como la fusión del U distrital de Bogotá con la U pedagógica, ¿lo recuerdan?), los que gritamos que no somos  guerrilleros, somos estudiantes.
Segundo: informar, dar a conocer, discutir, difundir. Mucha gente no conoce en realidad lo que está sucediendo[1] por pereza, falta de tiempo, negligencia, desinterés, falta de acceso[2] y muchas otras razones, pero lo importante es que nosotros si conocemos. Entonces debemos informarnos, discutir y saber para poder difundir, es fundamental que no hablemos por hablar y no nos sumemos a masas enardecidas sino que si marchamos lo hagamos con conocimiento de causa, con convicción y respondiendo a una necesidad del país.  Recordemos que la ignorancia es un arma política y por esta razón todos los que hemos contado con la fortuna de estar en centros de enseñanza, tenemos una responsabilidad social.
Tercero, la revolución de las pequeñas cosas. Que es algo que ha escogido Pirry como su bastión pero que en realidad ha sido la lucha de muchas personas durante largo tiempo, el cambiar desde el corazón los problemas, no regalando un pan sino abriendo mentes y corazones, negándose a entrar en el juego sistemático del capitalismo, encontrando los caminos para resquebrajar el sistema.
Cada quien trabaja con lo que tiene a la mano: algunos se han dedicado al arte y por medio de él abrir espacios necesarios para que la gente se exprese, algunos a la capacitación laboral para que menos personas necesitan encadenarse a grandes multinacionales pos sueldos de miseria, están los que decidieron darle la espalda a la ciudad y retornar al campo para con su conocimiento y trabajo nutrir la tierra, los que se niegan a comprar por el hecho de comprar, los que fomentan los mercados campesinos para eliminar intermediarios y cultivos transgénicos, los que (como yo) nunca hemos pisado un MacDonalls y le rogamos a Dios que nos permita morir sin tener que hacerlo.
Esta es la revolución de las pequeñas cosas, la que nos lleva a que cada acto de nuestra vida tenga un propósito claro en contra del capitalismo que anula nuestras mentes y carcome nuestras almas. Es como una guerra de guerrillas, no tenemos las armas, el poder o el dinero necesario para enfrentar al BM o a las multinacionales pero tenemos nuestra fuerza de voluntad y la necesidad de pensar, nos encargamos de pequeñas acciones que sumadas y persistentes quiebran el sistema,  para esto hace falta una posición personal y política real y consiente, resultado del conocimiento, de la búsqueda.
En estos momentos, con TLCs, leyes corruptas y rastreras, gobernadores mediocres y hasta dictadores de novela, América latina resiste. Le pone el pecho a una guerra que el mundo pareciera perder, nuestra región es uno de los últimos bastiones de resistencia y nosotros somos los que luchamos a diario.
Aprobaron el TLC, ha sido un duro golpe pero no nos rendiremos, nosotros seguiremos peleando, cada uno desde su trinchera, con lo que puede, con el camino que ha encontrado.
Puede que seamos un pueblo sin piernas pero es porque como hijos de cóndores y serpientes emplumadas, aprendimos a volar más allá de donde nos pueden alcanzar.   




[1] La aprobación del TLC se suma a la nefasta propuesta de ley de educación superior

[2] según el DANE que aun el 25%  de la población colombiana es analfabeta y que solo el 50% cuenta con acceso a red de internet)

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