Por: Sherezade

Una vez estaba el señor Efraín en la tienda de mi patrón, tranquilo como cualquier guerrillero tomándose el tinto de la media mañana cuando llegó un tal Negro; uno que estaba recién arrimado al pueblo.

Y así, sin más, se le sentó a Don Efraín en la mesa mirando la calle.

—Comandante. —Escuché que le decía el Negro.

Seguí limpiando y vi como Don Efraín se sacaba el revólver de detrás del pantalón y la ponía sobre la mesa justo al lado del tinto hirviendo, sentí miedo y los clientes empezaron a irse.

—Venia yo a pedirle un favorcito, —siguió el Negro como si no hubiera visto el arma— uno pequeñito así que no se alarme.

Don Efraín agarró el tinto con la izquierda y empezó a soplarlo.

—Diga a ver. —Increpó.

—Pues comandante nosotros solo queríamos que se fuera, usted y los suyos. Ya sabe, nosotros vamos a llegar a pacificar por estos lares y no queremos tener problemas. Usted es un hombre inteligente y sabe como van las cosas ¿no?

Don Efraín sorbió el tinto ruidosamente, como si estuviera llamando al resto de la columna guerrillera.

—Usted sabe que esas órdenes las da el comando, así que no me pida imposibles. —Respondió.

Caminé despacio hacia la barra para protegerme por si cualquier cosa, el patrón había ido a mercar y estaba sola.

—Pero usted puede hablar comandante, puede acelerar las cosas. Somos hombres así que por qué no hacemos algo: le doy tiempito y usted me asegura que se va, ¿no le parece?

Vi como Don Efraín tomaba otro sorbo antes de acurrucarme detrás de la tabla de madera, pensé en salir pero estaba petrificada por el miedo y empecé a temblar.

—No puedo hacer eso. —Sentenció Don Efraín.

—Vamos comandante, sabe que si quiere…

Escuché el ruido de la mesa caer y luego disparos: ¡PAZ! ¡PAZ! ¡PAZ!

Me atreví a asomarme y vi a Don Efraín de pie, con el revólver humeante en la mano apuntándole al forastero que estaba tirado en el piso sobre un charco de su propia sangre.

—Este pueblo ya está en paz ¡Negro hijueputa! Y no los necesitan.

El comandante respiraba agitado, se giró apuntándome y ahogué un grito de espanto. Al verme, bajó el revólver.

—Doña Carmencita, tranquila. Perdón por el desorden pero me tengo que ir. Eso sí, dígales a todos los del pueblo que estamos en paz y que nadie, ningún hijueputa salido del llano, va a venir a darnos más paz de la que tenemos. ¡Somos gente pacífica!

Miró al negro.

¡PAZ! ¡PAZ! ¡PAZ!

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