VICTIMIZARSE, Y OTRAS FORMAS DE SUFRIR SIN HUMILDAD






VICTIMIZARSE, Y OTRAS FORMAS DE SUFRIR SIN HUMILDAD

AutorMo'ámmer al-Muháyir


Tomado de: Mo'ámmer al-Muháyir - ensayos sobre Islam, razón y ética.



En esta sociedad individualista moderna a menudo escuchamos decirle al que ha sufrido una injusticia: “Si tú no defiendes tus derechos.. ¿quién lo hará?" La respuesta es que todos los demás, obvio. Es una obligación de cada ser humano que es testigo de una injusticia, corregirla. No reconocerlo sería una amoralidad. Yo no supe jamás de una buena persona que no se sienta responsable de lo que sucede a su alrededor. Por ende, lo correcto es buscar ayuda y recordar a los demás su responsabilidad. Todos somos responsables del que sufre injustamente.
Yo comulgo en términos generales con cualquier movimiento en defensa de los oprimidos, y comulgo por supuesto con las ideas del feminismo original, el sufragismo. Pero el feminismo moderno, más liberal y burgués que emancipador e internacionalista, ha acuñado y difundido a rabiar en nuestras sociedades este peligroso estereotipo según el cual todas las mujeres son potenciales víctimas y todos los hombres somos potenciales abusadores y violadores. Es peligroso porque sufrir no garantiza alcanzar la humildad, la bondad. Algunos pueden llegar a la humildad a través del sufrimiento, sí, y otros a través de la felicidad y el agradecimiento, pero la mayoría de las personas no la alcanzará nunca con ninguna de las dos.
El problema del oprimido que sufre sin humildad es que termina creyéndose que sufre por su condición: el discapacitado cree que sufre porque es discapacitado, el judío cree que sufre porque es judío, la mujer cree que sufre porque es mujer, el negro cree que sufre porque es negro, el indio cree que sufre porque es indio, y así. Forzados por las circunstancias de sus vidas a refutar los argumentos de su opresor al mismo tiempo que intentan recomponer su autoestima, las víctimas terminan tomándoselo personal y cayendo en el inductivismo ingenuo de creer que hay una relación directa entre ambas cosas, y que se puede lograr una cosa haciendo la otra, como si edificar nuestra autoestima y contradecir al opresor fueran platillos de la misma balanza. No puedes, no lo lograrás nunca. Nunca detendrás al opresor enorgulleciéndote con soberbia de tu propia condición, a lo mucho lograrás provocarlo; ni lograrás recomponer tu autoestima humillando y denigrando la condición personal del que te oprimió, a lo mucho lograrás odiarte por actuar tan ruinmente como él. Quien así piensa no se da cuenta que los abusadores no perdonan a nadie porque el mal es ignorante y ciego, y no tiene género, ni raza, ni idioma, religión ni nacionalidad. Inconscientes de que todas las formas de abuso que somos capaces de experimentar se fundan en la brutal pulsión animal de abusar del más débil desde una posición de poder, seguimos siendo incapaces de enfrentar el problema y enfocarnos en las únicas dos estrategias sensatas para resolverlo: combatir la brutalidad entre la gente sublimando nuestra naturaleza animal a través de la educación civil, e identificar claramente y seguir a aquellas personas que aún estando en posiciones de poder y siendo conscientes de que pueden abusar impunemente, deciden conscientemente no hacerlo.
Por eso victimizarse es soberbio y éticamente nos hace tanto ruido, nos causa tanta desconfianza: es creerse especial, cuando alrededor tuyo hay gente que está igual o peor que vos pero con condiciones personales totalmente distintas a la tuya. Cuando te victimizas estás invisibilizando el sufrimiento de los demás. Así la valiente actitud inicial defensiva del oprimido que carece de humildad, toma pronto la forma de una reivindicación ideológica de la propia condición (las Marchas del Orgullo, por ejemplo) que se convierte en una nueva forma de predica y supremacismo ideológico, y da lugar a nuevas formas de agresión, de opresión, siempre hacia los elementos más débilies del "adversario" demonizado, nunca hacia los fuertes, Oh casualidad. Esto puede verse claramente en México o España, donde el machismo conservador oligarca y el feminismo liberal burgués compiten por ver quién abusa más de los débiles del otro género justificándose en la agresión previa del otro. O en Palestina, donde los sobrevivientes del Holocausto llevan a cabo la limpieza étnica del siglo XXI.
Cuando convocamos a combatir el mal, necesitamos una definición del mal que refleje esta realidad y no esté asociada a la condición innata de nadie: sin importar si adopta la forma de un hombre, de una mujer, de otro niño, de un negro o de un blanco, la opresión es siempre abuso del más fuerte hacia el más débil, y para recordar por qué somos así basta mirar el reino animal. De la misma forma, lo que tenemos que defender es un concepto del bien ante el cual seamos todos iguales, menos animales y simplemente humanos, no hombres o mujeres o negros o blancos. El resto es una nueva búsqueda encubierta de privilegios, es más de lo mismo en esta antigua rueda de la violencia y de la ley del más fuerte, un aporte más a la confusión general.

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